El cielo se desploma
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En abril se reeditará The Visitors (1981), octavo y último álbum de estudio del grupo Abba, que tendrá algún tema inédito. Una excusa para hablar de la banda que llevó al paroxismo la idea de la música disco, que comenzó con las ganas de bailar frente a tanta contractura rockera y terminó en una alucinación funcional al sistema que parecía contradecir.
Por Jorge Belaunzarán
Como suelen hacer los artistas que destacan, en su gran "S.O.S. verano infernal" (The Summer Sam, el original), Spike Lee sitúa la anécdota en su lugar de metonimia: el todo por la parte. Así explica un fenómeno mayor, que lo excede, y que corresponde a otros saberes, especialmente los científicos, que desde sus especializados conocimientos brindaran explicaciones exhaustivas y precisas acerca del por qué de algo.
La anécdota de Lee es el verano de 1977, el más caluroso del siglo XX en Nueva York, ciudad capital del mundo, en la que el racismo sigue a flor de piel pese a los cambios que habían explotado en los sesenta y que todos creían y sentían radicales. En esa lugar de intersección entre los conjuntos itálicos y negros que forman su conjunto de dinámica propia en el sur del Bronx neoyorquino.
El calor pone a Nueva York desierta y la acerca al infierno cuando se vive en condiciones de pobreza que no alcanzan para paliar sus efectos. Así que ese desierto que podía ser tierra de nadie, es tierra de pobres. Y ellos viven esos días de la ola de calor al estilo de como la vivía la nación toda, seguramente también el resto del primer mundo, mientras el tercero era arrasado por dictaduras variopintas aunque todas con el mismo objetivo: de sur a norte y de este a oeste, dar una nueva solución final, esta vez para una generación que había movilizado todas sus fuerzas en función de un cambio que nunca alcanzaría, aunque en ese 1977 aún creía que sí, que era cuestión de tiempo, y que el tiempo, estaba a su favor.
Lee, director negro que ama su etnia al punto de ser tan profundamente crítico como celebrador de ella, elige una música que los negros hicieron gloriosa, pero efímera como lo es la ilusión de una estrella fugaz: la música disco. De ahí su efecto encantador, tal vez. Quién lo podría asegurar. Lo que nadie estaría en condiciones de negar es que su placentera levedad brinda una sensación de bienestar comparable a las de las drogas: la provoca si aparece esporádicamente, y sólo en ese breve lapso; en su cotidiana prolongación en el tiempo, resulta nociva. Muy. Aunque la música no tanto, por ahí Porque su efecto algarábico no es tan explosivo, por más que dure casi lo mismo, o más.
Los personajes del film de Lee, efectivamente, hacen eso: van todas las noches a la disco, a escuchar música disco, y a drogarse con cocaína, la droga que se expande como reguero de pólvora y sobre la que se tiene poco conocimiento de sus efectos, que la década siguiente mostrará devastadores: la cocaína, como dicen, secó el alma de los que no habían sido arrasados; cambió su osadía por el temor paranoico, su intrepidez por el resentimiento, su candidez por el conformismo cínico. Todo lo que en aquellos años de la película de Lee los rockeros argentinos (y aledaños) que la empezaron a consumirla no vieron, y se quejaron de la parte del combo que más los afectaba: la música disco. Ambas buscaban estupidizar, pero de una estupidez se podía salir más fácilmente que de la otra.
Sin embargo no fueron los negros quienes hicieron la apologética de aquella música, sino un grupo de blancos leche, furiosamente rubios, de ojos claros y de uno de los países más ricos del planeta: los suecos de Abba. De los primeros en hacer una versión en español de su éxito más rotundo, Chiquitita, para conquistar a toda la sometida masa latinoamericana.
Con el acierto revelador de los artistas, con esa precisión que sólo suelen tener los cirujanos, Spike Lee vuelca el film de su estado paradisíaco a su estado de hecatombe en el trayecto hacia la disco que dos de los personajes hacen en un descapotable, ese auto de ensueño. El tema que suena en un in crescendo bastante complicado ya que a contramano de lo que se acostumbraba en la época el tema empezaba por el estribillo, es Dancing Queen, de Abba. En la parte más ensoñadora de un tema ya de por sí ensoñador, la discusión entre ambos, puestos por la cocaína, estalla, se violenta, interrumpe la llegada a la disco, frustra la noche y abre paso a la parte del film en el que se impone la violencia que atrona cuerpos, y así almas y cerebros que ya nunca más conectarán con lo que insinuaron ser.
Maravillosa metáfora del final del sueño de una generación que apenas diez años antes, embanderada con el Sgt. Peppers de Los Beatles, sumaba entusiastas para construir la utopía de bajar el cielo a la tierra.
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