El adolescente tardío
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El 19 de marzo, Joe Cocker embellecerá la noche desde el Luna Park una de las prodigiosas voces del rock. El hombre que se hizo famoso en Woodstock, y también con una pequeña ayuda de los amigos, la pasó muy mal con el alcohol y las drogas. En 1987 encontró la paz con su actual mujer. Y hoy vive en medio de la naturaleza, dando grandes caminatas en soledad.
Porque siempre es mejor creer que lo que se hace responde a un altruismo, a una aspiración superior, a un fin último, las religiones y filosofías que anuncian un sentido al paso por la tierra resultan altamente exitosas. Cualquiera en su sano juicio, que como todo lo sano es sinónimo de equilibrio, y por lo tanto efímero, entiende en ese instante de lucidez que le ofrece el sano equilibrio que no hay sentido más que el de la especie, ante quien cualquier voluntad individual es inoperante. Por más o menos en boga que estén las creencias tradicionales, la estructura sigue en pie: es necesario mantener la idea de que aquí se está para algo, que ese algo nos excede, y en consecuencia es necesario quedarse hasta cuando haga falta, que por lo general es hasta donde da el cuero. Los achaques de la edad mancillan las resistencias y ahí, los que se niegan a creer por desesperación, entienden lo que de jóvenes refutaban con insolente iracundia: cuando más se está en la tierra, menos ganas de abandonarla; no importa por qué, pero hasta los que confían en la reencarnación persisten en perdurar: el más allá angustia, por más que el cosmos sea inconmensurablemente bello.
Uno de los que respondió con insolente iracundia fue Joe Cocker. Pero lo hizo luego de Woodstock. Difícilmente lo habría hecho sin ese conmovedor episodio que cerró el ciclo adolescente del rock. Allí entendió qué era ser un rocker, y que él podía ser uno de ellos. Entender cuando se acerca un final suele traer demasiadas dificultades. Y a Cocker, las que les trajo, fue las de vivir como adolescente cuando la adolescencia había terminado. Ni Mick Jagger, que había proferido que había que vivir y morir rápido poniendo en duda que más allá de los 30 algo valiera la pena, estaba seguro de lo que había puesto en duda, y trataba de renegociar la situación del rock diciendo que sólo se trataba de rocanrol, y le gustaba.
Porque el rock hasta Woodstock había sido eso: la puesta en jaque de un sistema de creencias que durante milenios había mantenido a salvo a la civilización y que una música ridículamente sencilla hacía tambalear. No porque lo suplantara por su sistema de creencias, de hecho no las tenía, eso vino después; sino precisamente por eso, por no creer que hubiera sentido más que el de pasarla lo mejor posible mientras se estuviera en la tierra, sin importar ninguno de los daños colaterales que pudieran tener lo que los otros llamaban actos irresponsables: desde tener hijos cada vez que se tenía sexo hasta meterse lo que fuera en el cuerpo a ver qué pasaba.
El descalabro pintaba con ser mayúsculo. El primero en darse cuenta parece haber sido John Lennon: declaró el fin del sueño, advirtió que "Dios es un concepto mediante el cual medimos nuestro dolor", renegó de la magia, el I Ching, la Biblia, el tarot, Buda, Elvis, Dylan y los mismísimos Beatles. "Creo en mí y en Yoko, y esa es la realidad.” Mátenlo antes que sea tarde, parece que dijo uno, pero en el Pentágono pensaron que menos lío era seguirlo. Con todos creyendo a Lennon coptado por Yoko Ono, comenzó el disciplinamiento de esos jóvenes y de los que vendrían, hasta los que están hoy, que ser verá en lo sucesivo cuán novedosamente díscolos serán o cuán obedientes resulten. De aquellos, cayeron un montón. Cocker no. Un sobreviviente, como suele decirse cuando los que caen son muchos.
Su voz de blusero perdura, porque con el puñado de temas que inmortalizó, pudo transmitir a las generaciones futuras el profundo sentir de la suya. En With a Little Help from My Friends (1969) y Mad Dogs & Englishmen (1970) está condensado todo lo mucho que podía dar antes que el alcohol y las drogas lo ganaran. En esa interpretación que acompaña con las manos porque hay tanto para decir que la voz no alcanza, está el sentir fresco de una generación antes que su espíritu indómito fuera domesticado por todas y cada una de las creencias que soñaban dejar atrás para siempre.
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