¿El sonido de la nueva era? Puede ser (Última parte)

31.12.2011 | 16.33 Comentar   |   FacebookTwitter

Leonard Cohen.
Espectáculos /  Varias voces anuncian el final de una época. En la música, muchos claman por una irrupción artística como fue la de los 60. Su aparición no se ve. Acaso porque se espera que llegue en un llamativo bólido, en vez de en transporte público. Aquí algunas intuiciones a falta de certezas.
Por Jorge Belaunzarán

En ese mantener el equilibrio, pocos para rescatar. Los seres alados de otros tiempos ya no son figuritas a imitar. Poco queda del sexo, droga y rocanroll. La tríada puede ser otra, o puede no ser tríada. A todo (o casi) por definirse, la intuición manda, y la inteligencia emocional prima más que la académica, que cacarea aquí y allá, alarmada por una alarma que ya no puede encender. Internet destruyó su valor de cambio, el conocimiento, y le dejó su valor de uso, el título. Como valor de uso, se sabe desde hacer rato, el título se compra (real o metafóricamente), el conocimiento, se consigue. Y ahora sin pagarle a nadie, ni pagando nada. La infinitud de las posibilidades atemoriza más de lo que excita.

En el 2011 se separó R.E.M, acaso la única bandas a la que pese a su tiempo de carrera se le podía atribuir frescura. Si se mira el panorama, puede ser un símbolo. La frescura vendrá de otro lado, pero ya no del rock. El rock, como dijo hace ya unos cuantos años el Indio Solari, dejó de ser la música que daba respuestas a las necesidades de las nuevas generaciones. Acaso por eso, al menos en Argentina, su deterioro fue gigantesco: no hay músico considerado rocker que no ronde los 50 (un par de años más o menos). A esa edad los Rolling Stones ya eran viejos, por más que luego hayan tenido cierto despunte. En Argentina al rock y a quienes lo hacen los siguen vendiendo como actitud. Y los slogan (del rock como actitud) son cada vez más patéticas.

No es que el rock esté muerto. Sencillamente perdió su lugar de centralidad. Y más: ya no hay centralidad, ese lugar está perdido. A semejanza de la red que simboliza todos estos años de gente, los nuevos del mundo no tienen centro. No lo necesita. Menos lo quiere. Quieren ser como la poesía al decir de Leonard Cohen: “La poesía viene de un lugar que nadie controla, que nadie conquista.” Uno de los pocos alados que parece en vigencia.

Los nuevos en el mundo pispean aquí y allá, tienen sus mecanismos de formación de identidad y pertenencia como los que fueron nuevos en otras épocas, pero ya no hay ninguna que marque la verdad o el camino como antaño. No hay que liberarse de nada: no se está atado a nada. Pocas cosas definen más a la libertad.

No hay herencia que los obligue porque el mundo heredado es lo suficientemente flojo como para que ninguno de los que lo hicieron reclame derecho de autoría alguno. Mejor mantenerse calladito. Y esperar el milagro de algún reconocimiento: hay tan poco para reconocer.

En ese esquema usan, prestan, contrabandean, reemplazan. Los géneros para ellos no son necesidad. Son leves referencias como para ubicarse en la navegación, porque en verdad cuanto menos referencias, mejor; cuanto menos condicionamientos, mejor.

Y si no hay centro, la competencia se desvanece, porque si no hay centro a ocupar, para qué andar a los codazos. Si lo importante es navegar, nada supera la colaboración. Piensan y sienten distinto porque la materialidad que los conforma es bien distinta a la que el mundo conoció hasta que surgieron sus padres. No quiere decir que todos los nuevos del mundo están en y son lo mismo, pero su materialidad, sí. Las redes, sociales o no, los definen. Y de alguna manera la música que traen es en red: sin género definido, más un vuelo, un momento, un viaje (sin adentro o afuera, el viaje es el mismo), algo que se define mientras se hace y no en un acuerdo previo de qué hacer y respetarlo bajo juramento. Más allá del negocio, por algo hay tanto registro en vivo: cada momento interpretativo es un momento de verdad, entonces la verdad nunca es un lugar a llegar, sino a experimentar. Así, quizás no hay paraíso. Pero tampoco infierno.

Como dijo Cohen esa noche del Premio de Asturias: “es difícil aceptar un premio por una actividad que en realidad no controlo”. No controlar. Propiciar que suceda. Generar las condiciones de posibilidad, colaborar para lograrlas; no forzarlas, para eso estaba el sexo, drogas y rocanrol.
Hora de salir de la conciencia, como canta uno de los nuevos, el chileno Chinoy. Que carretear, despegar, volar, aterrizar resulte según todos los bellos sueños soñados y no según las fantasías catastróficas.*
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