Sigur Ros ¿El sonido de la nueva era? Puede ser

15.12.2011 | 23.11 Comentar   |   FacebookTwitter

Sigur Ros
Espectáculos /  Varias voces anuncian el final de una época. En la música, muchos claman por una irrupción artística como fue la de los 60. Su aparición no se ve. Acaso porque se espera que llegue en un llamativo bólido, en vez de en transporte público. Aquí  algunas instuiciones. A falta de certezas.
Por Jorge Belaunzarán

Qué hay de nuevo, viejo? Decía el inefable Bugs Bunny, al que la misma serie animada definía como el conejo de la suerte. Los críticos de Estados Unidos y su liberalismo económico político decían que el conejo y todos los productos culturales de la Gran Nación del Norte correspondían a los tentáculos del imperialismo, algo que, y aquí citaban a Karl Marx, indefectiblemente acabaría: así lo establecía el materialismo histórico.

Tan porfiados, fueron los primeros en defeccionar. La historia, menos materialista que histórica, los defeccionó. Ahora que cada vez más voces anuncian la defección de la otra parte, poniendo en duda así la suerte que contagiaba el conejo, la pregunta del artero Bugs vuelve al tapete. No por el conejo, claro. Porque así como los que por aquellos años festejaban el triunfo del capitalismo liberal haciéndole una película al conejo ("Space Jam", donde Buggs Bunny compartía cartel con el genial deportista Michael Jordan), los que hoy se frotan las manos ante la debacle europea y la desorientación estadounidense suponen un regreso a las verdades beatíficas del materialismo histórico. Por suerte para ellos, pero mucho más para los que no son ellos, esta vez el asunto puede ser que vaya por otro lado.

Si las voces se alzan es porque el cambio existe: nada se anuncia sobre lo que no se puede percibir, que no tiene mucho que ver con comprobar. Ni siquiera el pobre Nietzche, con lo loco que decían que estaba, estaba en lo falso cuando alzaba la voz para hacer escuchar sus verdades. El cambio que se reclama, a grandes rasgos, es uno similar al que se produjo en la década del 60. Una irrupción. Y ahí, entre varias otras, se establece una gran divergencia: el cambio, si finalmente sucede (recordar el materialismo histórico es recordar la sentencia de Marx de que lo nuevo nace cuando aún lo viejo no murió; y lo que eso dice ahí aunque no lo explicite: puede ser que no suceda, puede ser que el incipiente brote sea aplastado por lo viejo), no será disruptivo. Sencillamente porque entre las cosas nuevas que traen los nuevos está su nulo interés por romper. No son disyuntivos, como aquellos nuevos de los 60. Eso no quiere decir que sumen todo y sobrecarguen la mochila. Buscan un porro de papá, un saco de mamá, revisan, descartan, eligen: se quedan con lo que les parece que les puede servir. Les parece, no están seguros. Como les gusta decir: puede ser.

¿Quién compone la banda de sonido de la película que están rodando? Se pispean algunos. Y se pispean por lo que están haciendo, o por lo que dejaron (por eso de revisar y descartar). Entre los primeros, una banda (como los cuatro de Liverpoool) que proviene de una isla (Islandia). Se los pispea por música, estilo, parada. Y como los nuevos del mundo, su música también  es difícil de explicar. Los que hacen es un vuelo, más que un viaje. Que tiene algo de místico en sus dos sentidos: comunitario e introspectivo. Despega y aterriza, y no derrapa ni desespera: el descenso se empieza precisamente desde el zenit; el ascenso, desde el suelo. Sigur Rós toma su nombre de la hija menor de Jónsi (guitarra y voz), nacida hacia la fecha en que formó la banda junto con Georg Hólm (bajo), Kjartan Sveinsson (teclado) y Orri Páll Dýrason (batería, antes había arrancado Ágúst Gunnarsson). Su primer disco salió en 1997, y se llamó "Von" (esperanza en islandés). Al año siguiente sacaron el mismo disco, pero remixado; y lo llamaron Von brigói, que significa alteración de la esperanza, pero que si se escribe todo junto significa decepción. Luego (1999) sacaron uno que se llamó Un buen comienzo, y ante el éxito arrollador que los expandía por el mundo, lanzaron uno titulado: "()". Sí, un paréntesis vacío. Y en Volenska, o como quiera que se llame eso que ellos mismos llaman volenska y que no es ningún idioma, si no, como dicen en su sitio, una especie de jeringoza. ¿Para qué? ¿Por qué? Requiere un tiempo; y una extensión. Un vuelo, tal vez, en un sentido antes no dicho: encomendarse a cierta fortuna para que eso tan extraordinariamente maravilloso inventado por la humanidad como un avión, resulte según todos sus bellos sueños soñados y no según sus fantasías catastróficas. Carretear, despegar, volar, aterrizar. Porque si la muerte está segura, la vida quiere vivir más. *

(Continuará) 

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