Un buen libro siempre te sorprende
Ana María ShuaEntrevistas /
Entrevista a Ana María Shua. La autora de Los amores de Laurita, entre otros, prácticamente abordó con éxito todos los géneros literarios. Si el de lector fuera uno, también. Acaso el que la hizo la escritora que es: dúctil, generosa en el esfuerzo de pensarse y pensar su objeto, temerosa, como todos, de los nuevos caminos. Excepto, claro, del que le hacen descubrir los libros.
Por Jorge Belaunzarán
Sus abuelos maternos vinieron de Polonia, huyendo. Sus abuelos paternos, no, vinieron del Líbano: “En los países árabes, antes de la creación del Estado de Israel, los judíos vivían en muy buena vecindad y muy buena relación con sus vecinos cristianos, por supuesto, incluso musulmanes”. Los límites entre las naciones funcionan como una puerta giratoria: permiten entrar y salir de ellas; y en el trayecto, modificarse. De no haberse mezclado, la humanidad no habría llegado a ser una especie digna de llamar la atención de algún estudio futuro. Acaso esa puerta giratoria la distinga sobremanera del resto de las que pueblan la tierra. Sin embargo, ser judío suena diferente: comparten un dolor al que el resto de las naciones resultan ajenas, pese a lo mucho que padecieron otras naciones. Es un prejuicio, claro: no hay dolor que cualquier no pueda entender, que no es lo mismo que sacar, como cualquiera no es lo mismo que todos. En ese querer entrar y no dejar, y ese para qué entrar si jamás entenderías, los libros. Los benditos libros con su maldito capricho de hacer creer que el mundo puede acercarse a los sueños de los que sueñan que no haya dolor ajeno.
-¿Elige muchos libros a partir del tamaño y la portabilidad?
-Sí, sí, por supuesto. Necesito siempre un libro transportable. Algún libro para casa, y otro para transportar.
-600 páginas, en su casa.
-600 páginas en mi casa. Y en la cartera, la edición de bolsillo. Por lo cual supongo que en algún momento me pasaré al ebook. Por ahora no me gusta leer en pantalla porque me resulta incómodo.
-¿Y si las 600 páginas la enganchan?
-Nunca estoy leyendo un solo libro por vez, así que cuando salgo leo el otro, y entro en él, que también me da mucho placer jajaja.
-¿Todos los libros le dan el mismo placer?
-Todos los que leo. Si no, no los leo. Si no la paso bien, no lo leo.
-¿Y hasta qué página le da oportunidad?
-En una novela, le puedo llegar a dar hasta 100 páginas, si es una novela muy gorda. Si no, entre 30 y 50. Si no es un desastre, claro. A veces uno se da cuenta antes. Son pocos los libros que abandono, pero lo hago. No me sacrifico.
-¿Y si lo compra el libro, le da más frustración?
-Sí, es un poquito triste. No me suele pasar. Me pasa más con los libros que me regalan.
-Pero los puede cambiar.
-Sí o no, según. Pero cuando me compro un libro por lo general ya sé de qué se trata, busco algo en particular y es muy raro que no me guste.
-¿Por más que sepa qué busca la sorprende?
-Sí sí, si es bueno me sorprende. Un buen libro siempre te sorprende. Si no, no es bueno.
-Si quiere comer ravioles se supone que sabe dónde ir, y que le van a gustar. Pero eso no asegura que la sorprendan.
-Hay sorpresas muy agradables. A veces te regalan un libro que nunca jamás te hubieras comprado, y está muy bien. Ahora estoy leyendo dos libros que me gustaron mucho, y que me regalaron. Uno es la Ilíada en una versión de (Alessandro) Baricco. Jamás me hubiera comprado una adaptación de la Ilíada: a esta altura de mi vida hay que leer los libros en su versión original y si no, no valen la pena.
-¿Por qué?
-Porque es mejor, más interesante y más completa y más valiosa la original que cualquier adaptación. Sin embargo, la adaptación de Baricco de la Ilíada es una belleza. Es un libro hermosísimo, y me dio muchas ganas, y es lo que voy a ir a hacer ahora de ir corriendo y comprarme la versión original, que era un libro por el que nunca había tenido mucha simpatía. Me parecía un poco confuso y difícil de manejar. La Odisea siempre me gustó. Con la Ilíada tenía más problemas. Y a partir de que leí esta adaptación ahora tengo muchas ganas de leer el original.
-Hay muchos músicos que consideran que no existen versiones de un tema, sino que cada tema por más parecido que sea, es distinto. ¿En la literatura no pasa eso?
-Bueno, Baricco toma la Ilíada, escribe su propia versión, adaptándola, y logra un libro hermoso. Como lector uno tiene sus experiencias, entonces en función de mis experiencias, suponía que una adaptación iba a ser poco interesante. Infantil, fácil, llena de anacronismos, que son algunos de los problemas que tienen las adaptaciones modernas de textos clásicos. No sé por qué me sorprendí tanto porque Baricco es muy buen escritor, pero bueno, la versión era hermosa.
-¿Haría una versión de otro texto?
-No. En algún momento estuve jugando con la idea. Pero no me sobra tanto tiempo y energía. No sé, hay que ver. En un momento estuve a punto de hacer una adaptación de Los Tres Mosqueteros, y la verdad que me habría gustado mucho, porque es un libro hermosísimo, y a Dumas creo que le habría encantado que adapten su texto al mundo de hoy; que lo recorten, que se mantenga lo esencial pero quitándole las descripciones y los elementos que eran necesarios en la literatura de su época y que hoy no lo son. Creo que las adaptaciones están muy bien cuando se limitan a podar, siempre y cuando no poden las ramas esenciales.
- Las novelas del XIX eran muy descriptivas.
-También a veces es parte del encanto. A veces uno tiene ganas de leer, precisamente, cómo se escribía en esa época. Pero quizás los que no son especialistas disfrutarían más de una de esas novelas arreglada al estilo de la época actual.
-¿Cuándo perdió la sensación esa de que no va a poder leer todo los libros que va a querer leer?
-Jajaja. Ehhh, no sé cuándo. Me parece que me di cuenta de muy chica, porque era lectora de muy chica. En un momento dado, me pasó, tuve una especie de revelación (creo que le pasa a todos los lectores en algún momento de su vida), y es que descubrí que además del placer de leer existía el placer de haber leído. El placer así un poco snob de jactarse de haber leído esto o lo otro. Lo que leía en ese momento era la colección Robin Hood, y en la contratapa venía la lista de todos los libros de la colección; empecé a marcar con una crucecita los que ya había leído y me propuse leer los que me faltaban. Bueno, no lo logré, jaja. Por distintos motivos. No los encontraba, no me gustaban, por lo que fuera; creo que en ese momento me di cuenta de que nunca iba a poder leer todos los libros que quisiera. Probablemente no iba a poder completar ningún corpus de mis deseos jajaja.
-¿Y entonces qué política adoptó?
-Hacerme muy poco problema, leer por placer, y eso es todo. También por el placer de haber leído, que sigue existiendo siempre, y también por curiosidad. Hay algunos libros que no provocan un placer fácil e inmediato, que no tienen una entrada fácil. Pero bueno, uno sabe que algo hay en esos libros. Los libros se recomiendan unos a otros. Uno llega a un libro generalmente a través de otros libros. Sobre todo cuando se trata de clásicos. Y hay libros que son como piedras fundantes, de los que han salido muchos otros. Cuando uno llega a uno de esos libros quizás las primeras páginas no le resultan atractivas, pero tiene ganas de seguir avanzando para descubrir el misterio. A veces no lo descubre. A veces lee uno de estos libros famosísimos y fundantes y sin embargo no le provocan nada en especial. También hay que permitirse ese grado de introspección que permite aceptar si a uno le gustó o no un libro aunque sea muy importante y muy famoso. Hay cuestiones personales, de relación personal entre el autor y el lector.
-¿Cómo serían esas relaciones?
-Hay autores con los que uno no se entiende, mentes en las que a uno no le gusta estar. Porque uno está leyendo un libro, está participando de alguna manera de la mente del autor, está viendo el mundo a través del punto de vista de ese autor, mirando por sus ojos. Y hay cabezas donde a uno no le gusta estar, no se siente cómodo. A lo mejor son muy famosas, muy importantes, pero bueno, no son para uno.
-¿Se acuerda de todos los libros que leyó?
-Creo que el 90 por ciento de los libros que leí me los debo haber olvidado. Sí, sí, porque leí mucho. Y de muchos libros lo que queda es una sensación, una brisa, el recuerdo de algo que fue muy agradable. Y de otros queda una escena, una frase, una situación. Es muy arbitrario. La memoria es muy loca. Recuerda fragmentos. Y además recuerda mal: cuando los vas a buscar al libro en cuestión no es exactamente lo que recordabas.
-Participó en varias jornadas de literatura judía. ¿Cree que existe una literatura judía?
-En contra de lo que piensan muchos de mis colegas y muchos estudiosos, para mí la literatura judía se define por el tema, y no por la forma. No hay característica de estructura literaria que corresponda a una visión judía del mundo. Literatura judía hay en todo el mundo, y al mismo tiempo esa literatura judía forma parte de las literaturas nacionales de cada país. “Los amores de Laurita” o “El libro de los recuerdos”, desde cierto ángulo puede verse como literatura judía, porque son de una autora judía, el personaje central de Los amores de Laurita es una chica judía, en El libro de los recuerdos la historia tiene que ver con una familia judía, pero siento que mi literatura, mi prosa está claramente inscripta en una tradición latinoamericana. Y estoy escribiendo como se escribe en la Argentina, y como se escribe en Latinoamérica, con un tema judío. En la mayor parte de los casos, lo judío en la literatura es el tema. En particular a partir de que está desapareciendo el idish. Y el idish fue la única posibilidad concreta que tuvo la literatura judía de ser radicalmente diferente y tener un lugar propio. Porque la patria de una literatura es el idioma. Entonces ese grupo de judío, acotado, que no eran todos los judíos, que hablaba idish en Europa Oriental, sí llegó a tener una literatura cien por ciento judía. Con influencias de todas las literaturas europeas, por supuesto, pero como tenían un idioma propio, tuvieron también una literatura propia: sus propios juegos de palabras, refranes, conciencia del idioma, y esa visión del mundo que da un idioma. Siempre me acuerdo de lo que me decía mi Bobe la primera vez que me invitaron a un congreso de literatura judía: ¡¿vos escritora judía?! jajaja; ¿si vos escribís en castellano? Es la impresión que tengo. Y estoy convencida, en contra de lo que piensan muchos estudiosos, de que si no supiéramos que Kafka es judío y no existiera Carta al padre, por el resto de sus libros jamás nos daríamos cuenta. En la práctica no podríamos deducirlo a través de su obra, no hay un sello de judeidad.
-¿Y el tema no exige una forma?
-No necesariamente. La escritura de la mayoría de los escritores judíos que escribimos en la Argentina está mucho más inscripta en una tradición latinoamericana que judaica. Lo diferencia el tema judío. Un personaje principal judío, una historia de una familia judía en Argentina, cuestiones que tengan que ver concretamente con la religión o la vida cotidiana o la forma de vida de la colectividad judía.
-¿Si lo escribe un italiano también sería un libro judío?
-Tenés razón. La condición es que el autor también sea judío: se tienen que dar esas dos condiciones. Pero no es tan común que alguien se meta con una colectividad que no es la propia. No vas a encontrar muchas novelas argentinas que traten sobre la colectividad coreana. Probablemente tendrá que aparecer un argentino-coreano para meterse a fondo con ese tema. Con lo judío hay un plus en el tema. Es un problema que me he encontrado con las editoriales de literatura infantil. Vos sacás un libro para chicos que diga cuentos chinos, japoneses o rusos, los compra cualquiera. Pero si sacás un libro que diga cuentos judíos lo compra sólo la colectividad. Es así. Saqué un libro que originalmente se llamaba “Cuentos judíos con fantasmas y demonios”, que lo sacó una editorial judía, e iba a un público judío. Cuando pasó a Alfaguara, cambió el nombre: Cuentos con fantasmas y demonios de la tradición judía, como atenuándolo un poco. Lo tomaron en México (Santillana) para publicarlo, y le sacaron de la tradición judía; quedó: Cuentos con fantasmas y demonios. Y ahora lo volvió a reeditar Emecé como Cuentos y demonios de la tradición judía. Bueno, yo lo acepté. Pero todos los editores pensaron que el libro se iba a vender más si no decía así de entrada, cuentos judíos.
-Es un prejuicio cultural que tiene una característica distinta, de gente que dice: ¡uy, cómo me voy a meter con este tema! Como si fuera casi sagrado.
-También hay un tema muy profundo y secreto y que está metido en las raíces de gente, incluso de gente no presente y alejada del catolicismo y el cristianismo contra el judaísmo. El que no es judío siente que eso no le corresponde, no es lo suyo, no tiene que meterse con la cuestión.
-En su memoria, ¿antes del Holocausto era igual?
-Nooo. El Holocausto cambió todo. Nada es igual después del Holocausto. Es diferente la relación de los judíos con el mundo y la relación del mundo con los judíos.*
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